Cuando Apple anunció que iba a demandar a OpenAI ante los tribunales federales estadounidenses por presunta apropiación indebida de secretos industriales, la noticia no tardó en dar la vuelta al ecosistema tecnológico. El caso es espectacular. Enfrenta a dos de las empresas más influyentes del sector, que en su día fueron socios en la integración de ChatGPT en el ecosistema de Apple y que ahora se encuentran inmersas en un enfrentamiento judicial que podría redefinir sus relaciones.
Según la demanda presentada por Apple, varios antiguos empleados habrían sustraído o divulgado información confidencial relativa a tecnologías, procesos industriales o proyectos aún no revelados con el fin de respaldar las ambiciones materiales de OpenAI. OpenAI niega rotundamente estas acusaciones y afirma no tener ningún interés en los secretos industriales de sus competidores.
Ahora corresponderá a los tribunales estadounidenses examinar los hechos y determinar si estas acusaciones están fundadas. Pero más allá de su desenlace judicial, este asunto pone de relieve una problemática que va mucho más allá del caso de Apple y OpenAI: ¿cómo proteger los secretos industriales cuando el principal activo de una empresa innovadora lo constituyen ahora las mujeres y los hombres que la componen?
Los secretos industriales han cambiado de naturaleza
Durante mucho tiempo, las empresas buscaban ante todo proteger activos materiales: una patente, un prototipo, un proceso de fabricación o un plano técnico. Los secretos industriales eran relativamente fáciles de identificar y delimitar.
La economía de la inteligencia artificial ha transformado profundamente esta realidad.
Hoy en día, una parte importante del valor de una empresa reside en activos mucho más difusos: las decisiones sobre la arquitectura de un modelo, los métodos de entrenamiento, los procesos internos, las relaciones privilegiadas con determinados proveedores, las estrategias de diseño de nuevos productos o incluso la experiencia adquirida a lo largo de varios años de investigación.
Estos elementos no siempre son patentables. Tampoco se plasman necesariamente en un único documento. Sin embargo, constituyen una ventaja competitiva considerable.
Es precisamente esto lo que hace que su protección resulte especialmente compleja.
Un ingeniero no abandona su empresa dejando atrás su experiencia. Su experiencia, sus competencias y sus conocimientos técnicos le pertenecen, naturalmente. En cambio, los documentos confidenciales, los prototipos, la información técnica protegida o determinados procesos industriales pueden estar amparados por el secreto comercial y seguir gozando de protección jurídica.
La frontera entre estas dos realidades resulta a veces especialmente difícil de trazar, sobre todo en sectores en los que la innovación se basa ante todo en el conocimiento.
La guerra por el talento se ha convertido en una guerra industrial
Uno de los aspectos más interesantes de este caso es que se produce en un contexto en el que las empresas de inteligencia artificial se enzarzan en una auténtica competencia mundial para atraer a los mejores investigadores e ingenieros.
En este sector, la rapidez en la contratación se ha convertido en una ventaja competitiva.
Esta realidad quedó perfectamente ilustrada por Arthur Mensch, cofundador y director general de Mistral AI, durante su comparecencia ante la Comisión de Asuntos Económicos del Senado en junio de 2024. Al ser preguntado por las dificultades a las que se enfrentan las empresas francesas de IA, explicó que, en su opinión, la legislación laboral constituía un obstáculo para la contratación rápida de talento.
En concreto, declaró:
«Si hubiera que legislar sobre algo, sería para permitir que los empleados puedan marcharse de su empresa cuando quieran. En Francia, el plazo de preaviso es de tres meses. Dar más libertad a los empleados para que puedan marcharse de su empresa nos permitiría avanzar mucho más rápido».
Esta declaración puede resultar sorprendente. Sin embargo, refleja a la perfección la realidad de un sector en el que unas pocas semanas pueden bastar para cambiar profundamente el estado de la técnica.
Para una empresa en pleno crecimiento, esperar varios meses a que un investigador pueda incorporarse a sus equipos puede suponer una verdadera desventaja estratégica.
El contraste es, pues, llamativo.
Por un lado, Apple busca proteger su información más sensible frente a posibles filtraciones cuando los empleados abandonan la empresa.
Por otro lado, Arthur Mensch explica que esos mismos plazos frenan la capacidad de las empresas europeas para contratar con la rapidez suficiente como para seguir siendo competitivas.
Estas dos posturas pueden parecer opuestas. Sin embargo, reflejan una misma realidad: en la economía de la inteligencia artificial, la movilidad del talento se ha convertido en un reto estratégico fundamental.
Dos filosofías del derecho laboral
Esta tensión también se explica por las profundas diferencias entre los sistemas jurídicos estadounidense y francés.
En Estados Unidos, el principio del «employment at will» (contratación a voluntad) permite, por lo general, tanto al empresario como al trabajador poner fin a la relación laboral con gran flexibilidad, sin perjuicio de las protecciones previstas por la ley o el contrato. Los plazos de preaviso suelen ser mucho más cortos que en Europa, lo que favorece una rápida circulación del talento entre las empresas.
Sin embargo, esta flexibilidad va acompañada de mecanismos destinados a proteger los intereses de los empresarios.
Uno de los más conocidos es el «garden leave».
El principio es relativamente sencillo. Cuando un empleado que ocupa un puesto estratégico anuncia su salida, la empresa puede decidir eximirlo de sus funciones, pero seguir pagándole su salario hasta el final de su contrato o de su plazo de preaviso. Durante este periodo, el empleado conserva su salario, pero ya no tiene acceso a los sistemas de información, a los nuevos proyectos, a las reuniones estratégicas ni a las últimas novedades.
El objetivo no es sancionar al empleado. Se trata de crear un periodo de «decantación» que permita que la información más sensible pierda parte de su carácter estratégico antes de que el empleado se incorpore a la competencia.
Esta práctica se utiliza ampliamente en los sectores financiero, de consultoría y tecnológico, donde los conocimientos que poseen algunos empleados pueden representar varios años de inversión.
En Francia, la lógica es bastante diferente.
Los directivos suelen estar sujetos a plazos de preaviso que pueden alcanzar los tres meses. Las cláusulas de confidencialidad siguen, naturalmente, surtiendo efecto tras la rescisión del contrato de trabajo y las cláusulas de no competencia siguen siendo posibles, siempre que se respete un marco jurídico estricto, en particular previendo una contraprestación económica.
En cambio, el «garden leave», tal y como se practica en los países anglosajones, no ocupa el mismo lugar en nuestro ordenamiento jurídico. El empresario puede eximir a un empleado de cumplir su preaviso, manteniéndole al mismo tiempo su remuneración, pero esta decisión responde a una lógica diferente y no constituye una herramienta estratégica tan extendida como en las empresas estadounidenses.
Estas diferencias ilustran dos concepciones del mercado laboral.
La primera da prioridad a una rápida circulación del talento, compensada por mecanismos destinados a proteger los secretos industriales.
La segunda otorga una mayor protección a la estabilidad de la relación laboral, aunque ello suponga ralentizar algunas contrataciones.
Una cuestión de equilibrio más que de seguridad
El juicio entre Apple y OpenAI nos recuerda que ninguna empresa innovadora puede impedir de forma duradera que sus empleados cambien de empresa.
La movilidad profesional es una condición esencial para la innovación. Los ingenieros, investigadores y diseñadores construyen su carrera incorporándose sucesivamente a diferentes empresas, llevando consigo su experiencia, sus competencias y su capacidad de innovación.
La dificultad radica, por tanto, en distinguir lo que forma parte de una trayectoria profesional legítima de lo que constituye un secreto comercial que debe permanecer protegido.
La Directiva europea 2016/943, transpuesta al ordenamiento jurídico francés mediante la Ley de 30 de julio de 2018 relativa a la protección del secreto comercial, ofrece un marco útil. Para beneficiarse de esta protección, una información no solo debe ser confidencial: también debe presentar un valor económico debido a su carácter secreto y haber sido objeto de medidas razonables destinadas a preservar su confidencialidad.
Esta última condición es especialmente importante.
Una empresa que desee proteger sus secretos industriales debe poder demostrar que los ha identificado efectivamente, que ha restringido el acceso a los mismos y que ha aplicado medidas adecuadas para preservar su confidencialidad. De lo contrario, puede resultar difícil reclamar posteriormente la protección que ofrece la legislación sobre secretos comerciales.
La gestión de esta información cobra así casi tanta importancia como su contenido.
Una reflexión que va más allá de Apple y OpenAI
Sea cual sea el resultado del juicio, este caso probablemente pasará a la historia como uno de los primeros ejemplos de las tensiones que acompañan a la industrialización de la inteligencia artificial.
Las empresas ya no invierten únicamente en infraestructuras o en patentes. Invierten en equipos capaces de transformar rápidamente una idea en un producto. Esta evolución convierte la movilidad del talento en un factor esencial de competitividad, pero también en una fuente de nuevos riesgos jurídicos.
Las declaraciones de Arthur Mensch demuestran, por otra parte, que esta reflexión va mucho más allá de los gigantes estadounidenses. Las empresas europeas se enfrentan a las mismas disyuntivas: acelerar la contratación para seguir siendo competitivas, al tiempo que protegen eficazmente sus conocimientos técnicos.
Por lo tanto, quizá la verdadera cuestión no sea si el talento debe poder circular libremente, sino más bien determinar cómo conciliar esta movilidad con la protección de los secretos industriales que hoy en día constituyen la base del valor de numerosas empresas innovadoras.
A medida que la inteligencia artificial transforma los equilibrios económicos, esta cuestión debería ocupar un lugar cada vez más importante en las estrategias de gobernanza, recursos humanos y propiedad intelectual. El juicio entre Apple y OpenAI no es, sin duda, más que un primer ejemplo de ello.
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